Me desperté de repente. Miré el
reloj. Marcaba las seis de la mañana y me quedaban dos horas y media
para despertarme, aunque ya lo estaba. La noche había pasado como si
nada, como si no hubiese dormido nada y las lágrimas de la noche
anterior siguiesen rellenando mis ojos rojos, ahogados en ojeras de
color del vino. ¿Que había pasado con mis sueños? No me refería a
los sueños de esa noche, si no a mis sueños. A mis sueños vitales,
esos que planeas cumplir en cierto período de tiempo, más o menos
corto. Recuerdo que hace unos años solo quería escribir. No para
que nadie me leyese, sino para satisfacer mis ganas. Escribir, sin
más. De la historia que hay detrás de lo que habíamos sido, de la
textura y olor de la toalla que usas al darte una ducha, del tacto de
las flores que tu abuela te traía de cuando arreglaba sus macetas.
De todo lo que pasa en el mundo, de todo lo que ves, o sientes.
Empieces como empieces acabas siendo peor de lo que esperabas. De todo a lo que aspirabas. De lo que querías ser cuando eras pequeña y los pofesores te hacían la esperada pregunta cada inicio de curso. "Y tú ¿qué quieres ser de mayor?"
Nunca sabías qué responder porque no sabías lo que pasaría con tu futuro. Ni siquiera sabías si habría un futuro esperándote. O quizá sí, quizá lo sabías todo y simplemente no querías que los profesores lo supieran. Esos profesores a los que realmente no les importaba ni lo más mínimo lo que quisieras ser porque vivían frustrados en una vida monótona y radicada de algo que no era pasional, algo que ellos no deseaban y que nunca habrían nombrado como "sueño". Esos profesores que solo querían romper el hielo de un nuevo curso.
Escribir también la sensación de cada verano que empieza y del primer chapuzón de éste. Del cambio de temperatura al entrar en el mar Atlántico y sentir cómo el pelo de tus brazos se erizaba. De la increíble adrenalina que sentías cada vez que hacías algo arriesgado: como tirarte desde el puerto o bajar una cuesta sin frenos. Quería escribir lo bonito que sonaba un piano acompañado por el sonido de la lluvia en un día de invierno. También quería escirbir lo que yo misma sentía esos días. Esos días fríos en los que veías una peli con tu madre bajo la manta del sofá. O en los que caminabas bajo la lluvia para llegar a tu instituto o academia. La sensación de recordar un momento al probar un bocado de cualquier comida o bebida. Esa sensación que sabía que nunca volvería a sentir, porque el único momento real es el presente. Ese presente que se convierte en pasado constantemente. Ese presente que muchas veces vemos como futuro. Ese futuro que esperamos, sin darnos cuenta de que el futuro no existe. Ni el pasado. Todo es presente, y nuestro mayor problema es que no sabemos vivir el presente porque vivimos anclados en un pasado, del que esperamos salir en un futuro.
Empieces como empieces acabas siendo peor de lo que esperabas. De todo a lo que aspirabas. De lo que querías ser cuando eras pequeña y los pofesores te hacían la esperada pregunta cada inicio de curso. "Y tú ¿qué quieres ser de mayor?"
Nunca sabías qué responder porque no sabías lo que pasaría con tu futuro. Ni siquiera sabías si habría un futuro esperándote. O quizá sí, quizá lo sabías todo y simplemente no querías que los profesores lo supieran. Esos profesores a los que realmente no les importaba ni lo más mínimo lo que quisieras ser porque vivían frustrados en una vida monótona y radicada de algo que no era pasional, algo que ellos no deseaban y que nunca habrían nombrado como "sueño". Esos profesores que solo querían romper el hielo de un nuevo curso.
Escribir también la sensación de cada verano que empieza y del primer chapuzón de éste. Del cambio de temperatura al entrar en el mar Atlántico y sentir cómo el pelo de tus brazos se erizaba. De la increíble adrenalina que sentías cada vez que hacías algo arriesgado: como tirarte desde el puerto o bajar una cuesta sin frenos. Quería escribir lo bonito que sonaba un piano acompañado por el sonido de la lluvia en un día de invierno. También quería escirbir lo que yo misma sentía esos días. Esos días fríos en los que veías una peli con tu madre bajo la manta del sofá. O en los que caminabas bajo la lluvia para llegar a tu instituto o academia. La sensación de recordar un momento al probar un bocado de cualquier comida o bebida. Esa sensación que sabía que nunca volvería a sentir, porque el único momento real es el presente. Ese presente que se convierte en pasado constantemente. Ese presente que muchas veces vemos como futuro. Ese futuro que esperamos, sin darnos cuenta de que el futuro no existe. Ni el pasado. Todo es presente, y nuestro mayor problema es que no sabemos vivir el presente porque vivimos anclados en un pasado, del que esperamos salir en un futuro.


