domingo, 18 de septiembre de 2016

EL VALOR DEL TIEMPO

Me desperté de repente. Miré el reloj. Marcaba las seis de la mañana y me quedaban dos horas y media para despertarme, aunque ya lo estaba. La noche había pasado como si nada, como si no hubiese dormido nada y las lágrimas de la noche anterior siguiesen rellenando mis ojos rojos, ahogados en ojeras de color del vino. ¿Que había pasado con mis sueños? No me refería a los sueños de esa noche, si no a mis sueños. A mis sueños vitales, esos que planeas cumplir en cierto período de tiempo, más o menos corto. Recuerdo que hace unos años solo quería escribir. No para que nadie me leyese, sino para satisfacer mis ganas. Escribir, sin más. De la historia que hay detrás de lo que habíamos sido, de la textura y olor de la toalla que usas al darte una ducha, del tacto de las flores que tu abuela te traía de cuando arreglaba sus macetas. De todo lo que pasa en el mundo, de todo lo que ves, o sientes.
Empieces como empieces acabas siendo peor de lo que esperabas. De todo a lo que aspirabas. De lo que querías ser cuando eras pequeña y los pofesores te hacían la esperada pregunta cada inicio de curso. "Y tú ¿qué quieres ser de mayor?"
Nunca sabías qué responder porque no sabías lo que pasaría con tu futuro. Ni siquiera sabías si habría un futuro esperándote. O quizá sí, quizá lo sabías todo y simplemente no querías que los profesores lo supieran. Esos profesores a los que realmente no les importaba ni lo más mínimo lo que quisieras ser porque vivían frustrados en una vida monótona y radicada de algo que no era pasional, algo que ellos no deseaban y que nunca habrían nombrado como "sueño". Esos profesores que solo querían romper el hielo de un nuevo curso.
Escribir también la sensación de cada verano que empieza y del primer chapuzón de éste. Del cambio de temperatura al entrar en el mar Atlántico y sentir cómo el pelo de tus brazos se erizaba. De la increíble adrenalina que sentías cada vez que hacías algo arriesgado: como tirarte desde el puerto o bajar una cuesta sin frenos. Quería escribir lo bonito que sonaba un piano acompañado por el sonido de la lluvia en un día de invierno. También quería escirbir lo que yo misma sentía esos días. Esos días fríos en los que veías una peli con tu madre bajo la manta del sofá. O en los que caminabas bajo la lluvia para llegar a tu instituto o academia. La sensación de recordar un momento al probar un bocado de cualquier comida o bebida. Esa sensación que sabía que nunca volvería a sentir, porque el único momento real es el presente. Ese presente que se convierte en pasado constantemente. Ese presente que muchas veces vemos como futuro. Ese futuro que esperamos, sin darnos cuenta de que el futuro no existe. Ni el pasado. Todo es presente, y nuestro mayor problema es que no sabemos vivir el presente porque vivimos anclados en un pasado, del que esperamos salir en un futuro.

jueves, 8 de septiembre de 2016

MIEDOS Y LUCHAS

Todos tenemos luchas. Mayores, menores: pero todos las tenemos. Luchas interiores, en donde debatimos con nosotros mismos. Quiénes somos, qué hacemos aquí, qué queremos...
Cada uno lleva su propia lucha de manera distinta, y cada uno lucha de forma más o menos fuerte. Nadie tiene una vida sin problemas, sin derrotas. Nadie puede vivir a gusto consigo mismo al 100%. Ni siquiera nadie puede vivir conociéndose del todo a sí mismo.
Cada una de nuestras luchas es vivida por nosotros mismos, de forma solitaria e individual, porque no nos gusta compartir nuestro lado más vulnerable. O más bien, no queremos que parezca que tenemos un lado vulnerable. Aun así, creo que cada uno debe de vencer sus luchas, pero no sus miedos. El miedo es lo que nos convierte en personas, y el que a fin de cuentas nos ayuda a combatir la realidad mientras imaginamos una vida ficticia. El miedo es quien hace posibles los sueños, y también los logros. El miedo es algo bueno. Incluso los seres más poderosos y aquellos que más asustan tienen miedo: o mejor dicho, los que más miedos tienen.
Temer y luchar no son exactamente antónimos, sino que son exactamente hermanos. Sin lucha no hay logros, y sin miedos no se lucha.

sábado, 21 de mayo de 2016

¿Qué hay del mundo en el que vives?

Tres años y ni una gota de lluvia, eso es la guerra”. ¿Crees que podrías ser capaz de ir a cualquier rincón escondido de África y decirle a una mujer que ha pasado por cinco partos, de los cuales dos fueron fallidos, que estás en contra del sistema? ¿que no te gusta cómo funciona el mundo?
La desigualdad no es un tema de polémica mundial, es una lucha en la que todos los días muere gente: gente destinada simplemente a pasar una vida de perros para morir por el tifus, cólera o sarampión. Gente que no tiene ninguna culpa de todos los derechos que le roban día a día, y gente que nace sin saber lo que le espera, y muere sin saber por qué le tocó vivir eso.
Y es que a fin de cuentas lo pienso y digo ¿por qué la vida es así? y mi respuesta cae en el dinero. O lo tienes o no. Si lo tienes, podrás comprarte 7 pares de nike, una casa en Malibú y un Ferrari rojo con llantas de diseño. Y si no lo tienes, tu vida se resumirá en coser nike, construír casas o estudiar mecánica. Depende también en la zona del mundo en la que vivas. Si tienes la suerte de nacer en Wyoming, Londres, o en Nueva York, podrás tener un arma y una casa, aunque sea un cochitril. Sin embargo, si tienes la mala suerte de nacer en Etiopía, o en medio del desierto del Sáhara, o en Siria, o en cualquier lugar subdesarrollado, no podrás tener un arma, ni una vivienda, y probablemente tampoco tendrás comida, ni bebida, ni mucho menos zapatos o pijadas innecesarias para sobrevivir.
He de admitir que estoy siendo radical, es decir, estoy hablando de extremos. Trato blanco o negro, porque el gris es un color que solo me gusta para jerseys. Pero realmente es así, es decir, la vida se resume en rico o pobre, los del medio somos irrelevantes. Tenemos un poco de todo, pobreza y riqueza, y cerramos los ojos cuando vemos en las noticias a un niño filipino de 1'50 metros que pesa 34 kilos, ¿que podemos hacer? Es lo que se pregunta todo el mundo. Alguno decide decir “el mundo no va a cambiar por mi grano de arena, asique me centro en lo que me incumbe, mi vida, mi casa, mi trabajo o mis hijos”. Algún otro, no puede calmar su conciencia y decide donar diez euros al mes a cualquier ONG que hace publicidad entre los programas rutinarios de telecinco o cualquier otra cadena. Alguno incluso decide hacerse voluntario y partir para cualquier parte pobre del mundo con el dinero que puede ahorrar para integrarse en la miseria. Desde aquí te digo que si eres de los del primer tipo, deberías de cuestionarte las cosas, y si eres de los del segundo más aún. Incluso deberías de admitir que tu cinismo e hipocresía no tiene límites (sobre todo si el anuncio aparece en Telecinco).
Personalmente, creo que no puedes intentar cambiar el mundo si no empiezas por cambiar el tuyo propio. Y también creo que ningún país de África, ni Asia, ni cualquier otro que no esté en pleno desenvolvimiento, necesitaría ningún tipo de ayuda si los otros países, esos que presumen de ayudarles, llevarles comida o declarar premios de la paz (ahora hablo principalmente de USA), dejasen de robarles lo que tienen. El oro, los diamamtes, el carbón, el petróleo...Todo lo que un niño pijo necesita para cumplir sus propósitos y caprichos es lo que les falta a otros millones de niños y niñas para poder llevarse un plátano a la boca o beber para no morir de deshidratación. No te engañes, o mejor dicho, no te dejes engañar: nadie necesita ayuda en este mundo, solo se necesita que la gente deje de robar a la otra gente. Hablas de amor, igualdad, vas a misa para ser buena persona y luego cambias de canal cuando aparece una persona muerta por disparos o por hambre. Es un sentimiento extraño el sufrir, y aun así parece que solo lo sentimos cuando está cerca.
¿Cuantas personas mueren día a día en Siria? ¿O en Kazajstán? ¿No te importa, no? solo es importante cuando los atentados llegan a nuestro país. Deja de pensar en tí mism@ por un momento y abre los ojos ¿en que clase de mundo vives? ¿Quieres seguir viviendo en el, o estás dispuesto a intentar cambiarlo? Tú decides si prefieres seguir viendo a gente sufrir o no. O al menos, tú decides si quieres seguir haciendo sufrir a esa gente.